Imagina por un instante que estás en un instituto estudiando una carrera que te gusta, con una maestra que en afecto y cariño lleva la delantera y , por si fuera poco, con unos compañeros de estudio geniales. Sin duda alguna esas son las condiciones ideales para aprender y dar lo mejor de ti. Pero de pronto, en tan solo un día todo cambia de forma radical por un simple y a la vez importante hecho: un cambio de maestra. Así el escenario da un giro tan impresionante que incluso te puede llevar a sentir algo que no quisieras que otros sintieran por ti, un desprecio cargado con un poco de odio que podría llevarte a mostrar lo peor de ti.
Eso fue lo que me ocurrió estando en una academia haciendo unos estudios de atención al público, con una maestra que desde el primer día se ganó mi corazón y muchos alumnos que en poco tiempo se hicieron mis amigos. Cierto día, la directora nos dijo que durante un mes tendríamos otra maestra por causas de salud de la primera. Al principio no pensé que eso sería tan mal, pero bastó un solo día para yo llegar a sentir cierto desprecio por la maestra suplente. ¿Por qué? Era una persona muy estricta, y en su personalidad no era de compartir cariñosamente con los estudiantes. Además de eso, también era inflexible con ciertas medidas de disciplina, al punto de que si te llamaba la atención tan solo una vez, sería capaz de sacarte del salón en plena clase.
Aquel fue un día traumático y bastante largo para mí, a tal punto que sufrí un fuerte dolor de cabeza por mi molestia. Recuerdo que esa misma noche hablé con una prima mía y le dije que no aceptaba lo que estaba pasando, incluso llegando a considerar la idea de no volver al instituto. A la mañana siguiente, me quedé en casa pensando si iba o no a clases, hasta que al final decidí ir. Debido a mi indecisión llegué un poco tarde, cosa que ella no dudó en mencionarlo con algo de sarcasmo. Otro día largo y pesado, y así nuevamente regresé a casa con un dolor de cabeza más a mi cuenta.
Volví a hablar con mi prima, pero esta vez me sentía tan impotente que hasta le dije que no sabía qué hacer. Fue allí cuando mi prima dijo una frase clave: "¡Ella debe de tener algo bueno!" Obviamente mi primera reacción fue una absoluta negación, lo cual luego me llevó a pensar que aquello no era tan descabellado después de todo. Así que con eso en mente, me propuse a buscar algo bueno en ella que me permitiera estar tranquilo y verla con menos desprecio del que ya le tenía. No sería una tarea tan fácil que digamos, pero por lo menos ya pensar así alejaba de mi la idea de renunciar a mis estudios.
Sólo un par de días fueron suficientes para encontrar esos puntos positivos en ella que me permitieran dominar mi temperamento. Me di cuenta que era una mujer de carácter firme y decidido, algo que sin duda alguna es muy encomiable en una mujer. También su obsesión con la disciplina me mostró ese lado de su enseñanza y ética que toda maestra debe tener, sin dejar que nada pudiese poner en riesgo sus métodos de enseñanza. Para ella, la puntualidad era algo casi que sagrado, y aunque yo lo veía un tanto exagerado, reconocí que eso también era muestra de su responsabilidad ante el trabajo.
Todo aquello funcionó, y por casi un mes pude sortear esa mala relación que desde un principio se dió entre ella y yo. Incluso hubo días en los que me atreví a hablar con ella, viendo que a pesar de su carácter era una persona con un corazón noble y sincero. Habían días que en su carácter se ponía bastante intensa, pero al no ceder a la molestia aquello pasaba rápidamente. Finalmente el regreso de mi primera maestra fue un hecho, y aquella mujer por quien desperté cierto desprecio no volvió al instituto. En algún momento llegué a preguntar por ella, quizás extrañando esa experiencia que detrás de todo me dejó una buena enseñanza.
Hoy difícilmente puedo decir que odio o desprecio a alguien más, pero no puedo negar que una vez sentí y viví algo así con gran intensidad. ¿La enseñanza? Sin importar nuestra personalidad ni la forma de ver a los demás, la realidad es que siempre habrá algo bueno en alguien que se puede destacar. Incluso hasta sentir desprecio por alguien puede ser una señal para mejorar ciertas cosas en nosotros mismos, pues tal como nosotros podemos despreciar a alguien, también podemos hacer cosas que nos ganen el desprecio de los demás. Y es que hasta de estas experiencias de nuestra vida nos podemos llevar valiosas lecciones que al mirar frente a nosotros siempre nos dejarán una huella profunda para considerar y meditar.
Gracias por darle valor a esta publicación con tu tiempo y atención.
Hasta pronto.